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El economista que creía que trabajaríamos solo 15 horas a la semana, y por qué su predicción no funcionó

Ahora en g1 Jornadas laborales de apenas tres horas al día, o 15 horas semanales. Sociedades ocho veces mejores, económicamente, que hace 100 años. No son delirios infundados, sino la

El economista que creía que trabajaríamos solo 15 horas a la semana, y por qué su predicción no funcionó

Ahora en g1 Jornadas laborales de apenas tres horas al día, o 15 horas semanales. Sociedades ocho veces mejores, económicamente, que hace 100 años. No son delirios infundados, sino la creencia futurológica de uno de los mayores economistas de la historia, el británico John Maynard Keynes (1883-1945).

En 1930 publicó el ensayo Posibilidades económicas de nuestros nietos, un texto en el que busca desconstruir el pesimismo económico de su época; para él, una exageración, una "interpretación groseramente errónea" de la realidad. La directora adjunta del Departamento Intersindical de Estadísticas y Estudios Socioeconómicos (DIEESE), la economista Patrícia Pelatieri, subraya que se trata de uno de los textos clásicos de Keynes. "El ensayo fue presentado en una conferencia en 1928, ampliado en una conferencia impartida en Madrid en junio de 1930 y publicado en formato literario en octubre del mismo año, en pleno contexto de la Gran Depresión", contextualiza ella, recordando la gran crisis que sacudió la economía mundial a finales de aquella década de 1920. El ensayo Posibilidades económicas de nuestros nietos, de Keynes, hablaba de jornadas de 3 horas al día Getty Images Para el economista John Keynes, profesor de la Universidad de Cambridge, la crisis y el desempleo de las primeras décadas del siglo XX no indicaban un declive permanente de la sociedad capitalista, sino una fase de transición precipitada por la rapidez de las transformaciones tecnológicas y económicas. Keynes señala que, durante milenios, el nivel de vida de la humanidad había cambiado muy poco, y la combinación entre acumulación de capital, interés compuesto y avances científicos acabó desencadenando un crecimiento sin precedentes desde la Revolución Industrial, ocurrida en Inglaterra a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. Basándose en esta tendencia histórica, Keynes predice que, en unos cien años, los países más desarrollados alcanzarían un nivel de riqueza muy superior al de su época. El progreso tecnológico permitiría producir mucho más con mucho menos trabajo humano, aunque esto crearía temporalmente el llamado "desempeño tecnológico".

A largo plazo, sin embargo, creía que la humanidad resolvería su principal problema histórico: la escasez económica. Las necesidades materiales básicas quedarían ampliamente satisfechas, reduciendo la centralidad de la lucha por la supervivencia. La parte más original del ensayo es la reflexión sobre las consecuencias humanas de esta abundancia. Keynes reflexiona sobre una consecuencia inmediata de esta transformación.

Cuando el trabajo deje de ser una necesidad vital, las personas se enfrentarán a un nuevo desafío: encontrar un propósito para sus vidas y aprovechar bien el tiempo libre. Imagina jornadas de trabajo muy breves, tal vez de solo quince horas semanales, y una sociedad menos obsesionada con la acumulación de riqueza. Casi una utopía. En este escenario, valores como la cultura, el placer, la convivencia y el desarrollo personal ganarían más importancia que el dinero, permitiendo que los seres humanos se dedicasen al "arte de vivir" en lugar de trabajar únicamente para sobrevivir. John Maynard Keynes es considerado uno de los mayores economistas de la historia Dominio público El profesor de la Fundación Escuela de Sociología y Política de São Paulo (FESPSP) y de la Escuela Superior de Propaganda y Marketing (ESPM) Paulo Niccoli Ramirez explica que la visión keynesiana contravenía el "dogma de la economía clásica de que a más trabajo, más riqueza".

Esto se debe a que comprendió el peso que la tecnología tenía en dicha ecuación. "Para él, a contracorriente del aumento de la productividad, sería posible reducir la jornada laboral y ofrecer mayor calidad de vida al trabajador", comenta Ramirez. El ocio no sería simplemente el descanso; también significaría un incremento del consumo, ya que el trabajador ganaría el "tiempo de consumo", haciendo además que la "economía gire", explica el sociólogo. "Los aguerridos creadores de dinero pueden arrastrarnos a todos con ellos en el regazo de la abundancia económica", apunta Keynes.

"Pero serán aquellas personas —que puedan mantener vivo y cultivar en una perfección más completa el arte de la vida en sí mismo y no venderse por los medios de subsistencia— las que podrán disfrutar de la abundancia cuando esta llegue". "Keynes presenta una visión bastante optimista sobre el futuro", define Pelatieri. "Para él, la combinación entre la acumulación de capital y el progreso técnico en el capitalismo permitiría un crecimiento continuo de la capacidad productiva.

Las inversiones, sobre todo en el extranjero, pero no solo allí, impulsadas por el interés compuesto y los avances científicos y tecnológicos derivados de la Revolución Industrial, habían elevado significativamente el nivel de vida promedio en Europa y Estados Unidos, incluso a pesar del crecimiento de la población". Para Keynes, explica la economista, "estas fuerzas permitirían producir cada vez más bienes y servicios con menos trabajo humano". "A corto plazo, esto podría generar lo que él destaca como desempleo tecnológico, es decir, el resultado de descubrimientos que ahorran mano de obra a un ritmo superior a la creación de nuevas ocupaciones. A largo plazo, sin embargo, la sociedad podría mantener o incluso ampliar su nivel de vida trabajando muchas menos horas", explica Pelatieri. "La apuesta de Keynes era que, una vez resuelto el problema económico fundamental, que es la lucha por la subsistencia, la humanidad tendría que afrontar la vieja cuestión: cómo utilizar el tiempo libre conquistado por el avance de la productividad.

Teniendo en cuenta que a lo largo de tantos siglos hemos sido entrenados para luchar y no para disfrutar, Keynes describe este punto como un problema permanente de la raza humana: cómo lidiar con el tiempo libre. Es decir, a medida que nuestra capacidad produtiva se multiplicara, necesitaríamos apenas una fracción del tiempo de trabajo anterior para garantizar el mismo nivel de subsistencia, como comida, vivienda y ropa", detalla Pelatieri. "El resto del tiempo se convertiría en ocio". Fue en este contexto donde estimó las mencionadas 15 horas semanales.

Para el economista británico, esto sería suficiente para mantener la sociedad en funcionamiento y, al mismo tiempo, garantizar trabajo para todos. El jurista Brasilino Santos Ramos, magistrado laboral jubilado y exmiembro del Consejo Superior de la Justicia del Trabajo, subraya que en la época de la propuesta keynesiana predominaban en el panorama laboral jornadas extenuantes que fácilmente alcanzaban, e incluso superaban, las 10 horas diarias. "Fue en este escenario donde Keynes formuló una de las predicciones más conocidas de la historia de la economía. Defensor de la economía de mercado y de la propiedad privada, creía que el capitalismo podía preservarse y perfeccionarse mediante la actuación del Estado en la corrección de crisis, la promoción del empleo y la reducción de las inestabilidades económicas", afirma el especialista en legislación laboral. La escuela Keynes "Antes de examinar las ideas de John Maynard Keynes sobre tecnología, productividad y reducción de la jornada laboral, es importante comprender su trayectoria intelectual y social", comenta Ramos. "Procedente de la alta clase media intelectual británica y formado en los centros académicos más prestigiosos de su época, Keynes se dedicó a estudiar los efectos de las crisis económicas, el desempleo y la desigualdad.

Defensor de la economía de mercado, pero también de la intervención estatal para corregir sus fallos, se convirtió en uno de los economistas más influyentes del siglo XX y formuló reflexiones que siguen vigentes ante los retos impuestos por la automatización y la inteligencia artificial". Miembro del Partido Liberal, Keynes fue uno de los principales pensadores en teorizar sobre la macroeconomía. Sus ideas también cambiaron la forma en que los gobiernos comenzaron a instituir las políticas económicas en buena parte del mundo, lo que hace que sea incluido habitualmente entre las personas más influyentes del siglo XX. La principal innovación de su pensamiento económico radica en refutar la idea económica neoclásica de que el libre mercado ofrecería automáticamente empleo a los trabajadores siempre que estos mostraran flexibilidad respecto a los salarios. Para él, el Estado debe ser intervencionista, con medidas fiscales y monetarias que busquen evitar o atenuar los efectos de la recesión, la depresión y los auges económicos. En el núcleo de la escuela keynesiana, este modelo de pensamiento creado por él, el Estado es visto como un agente de control económico en busca del pleno empleo. En su concepción, el problema del libre mercado es que el "espíritu animal" de los empresarios debe ser domesticado y regulado.

El antiguo Partido Liberal británico al que estaba afiliado Keynes defendía el liberalismo social, con énfasis en la construcción de un Estado de bienestar. ¿Por qué salió mal? Pero si resulta evidente que el mundo ha experimentado avances económicos notables, principalmente con aparatos tecnológicos que van desde la robotización de las industrias hasta la consolidación de la inteligencia artificial, ¿por qué las jornadas de 3 horas diarias previstas por Keynes no están ni siquiera en el horizonte? El politólogo Christian Lohbauer, miembro de un grupo de investigación de la Universidad de São Paulo (USP), comenta que Keynes acertó "en el aumento de la productividad" con la intensificación de las tecnologías. La cuestión, según él, es que no previó cómo el consumo también aumentaría exponencialmente. "La gente quiere tener más ocio y sigue consumiendo", explica.

"Quieren más acceso a bienes y servicios. Para ello, necesitan más horas de trabajo". "Las cuentas no cuadraron por eso", sintetiza Lohbauer. Para que la fórmula keynesiana funcionara, Lohbauer argumenta que sería necesario que la gente quisiera "tener una casa más pequeña", "usar menos el coche", "comer menos fuera", "hacer menos viajes al año".

Y eso no es lo que ocurre, tanto entre quienes efectivamente pueden hacerlo como entre la inmensa mayoría que simplemente tiene dichos privilegios como objeto de deseo. El crecimiento de la productividad vino acompañado de un aumento del consumo Getty Images Pelatieri recuerda que el propio pensador británico dividía las necesidades humanas en dos tipos. Por un lado estaban las básicas, necesarias para la supervivencia.

Por otro, las relativas, aquellas vinculadas al deseo de estatus y reconocimiento social. Desde la perspectiva keynesiana, las del primer grupo se suplirían rápidamente. "Lo que no calculó fue la capacidad del capitalismo para crear necesidades; es decir, las necesidades básicas se han alterado con el tiempo, y cuestiones como la necesidad de teléfonos móviles, internet o servicios digitales, entre otros, han pasado a percibirse como esenciales para la vida cotidiana", comenta Pelatieri. También recuerda que, aunque la productividad global ha crecido "de forma expresiva", las ganancias "generadas por dicho avance no se han distribuido de manera homogénea". "Una parte significativa de los beneficios del progreso técnico se apropió en forma de beneficios y rentas del capital", puntualiza. La economista ilustra con el dato de que en 2024 se crearon 204 nuevos milmillonarios, casi uno por semana. Al fin y al cabo, "muchos trabajadores siguieron dependiendo de jornadas extensas para mantener su nivel de vida, aunque fuera modesto", dice Pelatieri.

"Además, la decisión de las empresas sobre utilizar toda la tecnología disponible está directamente condicionada por la evaluación de costes: si resulta más ventajoso invertir en innovación tecnológica o mantener la dependencia de la mano de obra existente", afirma la economista. "En otras palabras, Keynes subestimó los conflictos en torno a la distribución de las ganancias de productividad", añade. "El trabajo repetitivo fue superado por la automatización. Se prometía la idea de que sería posible reducir las jornadas laborales, pero lo que llegó fue la pérdida de derechos laborales", dice Ramirez. Para el sociólogo, resultaría contradictorio aumentar la riqueza con menores jornadas. "No existe el capitalismo sin la explotación de la fuerza de trabajo", afirma. Pelatieri coincide en que, "desde el punto de vista del razonamiento de Keynes", cabía esperar que con los avances de las nuevas tecnologías la humanidad disfrutara de menores jornadas laborales. "El problema, sin embargo, no está en la tecnología en sí, sino en la forma en que se distribuyen sus beneficios. La cuestión central es quién se apropia de las ganancias generadas por el aumento de la productividad.

En lugar de convertirse automáticamente en más tiempo libre, el avance tecnológico a menudo se traduce en una mayor concentración de la renta o en nuevas formas de intensificación del trabajo", señala. "Las tecnologías digitales, por ejemplo, han ampliado las posibilidades de seguimiento, control y disponibilidad permanente de los trabajadores". "Más que una predicción económica, el ensayo era una reflexión sobre las consecuencias sociales, culturales y morales de la abundancia. Keynes imaginaba una sociedad en la que los individuos pudieran dedicar más tiempo a la educación, a la cultura, a la convivencia social y al desarrollo personal", analiza Ramos. "Su mensaje central era que el progreso económico podía liberar a la humanidad de la lucha permanente por la supervivencia material, desplazando el desafío humano hacia la búsqueda de un propósito y de la realización más allá del trabajo y de la acumulación de riqueza". Ramos puntualiza que, si bien la productividad creció de manera extraordinaria en las últimas décadas, "lo que no se confirmó fue la conversión de dichas ganancias en una drástica reducción de la jornada laboral". "Entre las razones para ello se encuentran el surgimiento de nuevos patrones de consumo, el deseo permanente de ampliar los ingresos y el patrimonio, el aumento de las desigualdades en la distribución de las ganancias de productividad, la expansión del sector servicios y del trabajo intelectual, y la intensificación de la competencia económica global", afirma Ramos. "Keynes tampoco previó la fuerza de la cultura consumista estimulada por la publicidad y el crédito, la creciente financiarización de la economía ni el papel del trabajo como elemento de identidad, estatus social y realización personal. Tampoco anticipó que una parte significativa de las ganancias de productividad sería apropiada de forma concentrada por las grandes empresas y los grupos económicos, en lugar de convertirse en una reducción generalizada de la jornada".

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